Ezeiza no tiene nada que ver con Buenos Aires, ni con La Plata. Al fin y al cabo, ningún aeropuerto del mundo tiene algo que ver con el lugar en el que está instalado. Son una especie de antesala de la visión homogénea del mundo: armarios eléctricos con "bebidas refrescantes aromatizadas", cambio, change, exchange, weschel, valuta, exit, espere su turno detrás de la línea.
Una compañía de transporte ("Manuel Tienda León") te rescata del aeropuerto y del afán de los taxistas, gremio que se ganó mala fama entre los turistas después de varios casos de robos y otras fechorías, de las que gustan llenar los diarios alarmistas porteños.
Desde Ezeiza (nombre de la ciudad y del aeropuerto) hasta cualquiera de las ciudades cercanas, las rutas de acceso son amplias y rápidas. Sin embargo, mientras los ojos buscan el obelisco, la avenida 9 de julio, la luz eterna de Buenos Aires –la antaño llamada "París de Latinoamérica"– kilómetros de villas miseria se desparraman ante ellos, desesperadas. Kilómetros, aparentemente impersonales, te dan la bienvenida.
La niebla se disipa para el recién llegado: Plaza de Mayo, las grandes avenidas, o el puerto junto a casas de colores en el barrio de La Boca te absorben. Así lo hicieron conmigo: quisiera o no, caminaba y caminaba por avenida Rivadavia hasta Plaza de Mayo, por Florida hasta Corrientes para doblar una esquina y ver el obelisco, por Barrio San Telmo para acercarme, siguiendo a mi abuelo, hasta "El Viejo Almacén"... y se desprendía del pavimento un murmullo melancólico que inevitablemente tarareaba una melodía de Piazzolla.
Todo esto sucedió en muy poco tiempo: la mayor parte del viaje la pasé en La Plata, “ciudad de los Tilos” para la literatura local. Una ciudad de moderna construcción y viejos recuerdos: algo así como un bebé con el ceño fruncido. Pero alegre, al fin y al cabo, rebosante de jóvenes de todos los rincones del país que se acercan hasta la Universidad Nacional de La Plata, la segunda del país y cuna de hombres como Ernesto Sábato, René Favaloro o Mario Bunge. Con su belleza y sus miserias, parecía dibujarse en las calles una sombra de lo que había sido. Sus diagonales, que se extendían desde el centro de la ciudad, eran una promesa eterna hacia algo, no se sabía bien qué. En este sentido, La Plata me resultó un lugar que no se deja atrapar, que no tolera definiciones. Se trata de una ciudad para los mapas, pero ¿se “comporta” como tal? ¿Es una urbe? ¿Un pueblo? (demasiado concurrida para serlo). Tal vez en eso radique su encanto.
Ya en las afueras de la ciudad, en la localidad de Gonnet, se encuentra un curioso experimento lúdico: la “República de los Niños”. Fue construida en 1951, por iniciativa de Evita, pero resulta tan sorprendente y entrañable que las explicaciones y los datos históricos se deberían obviar. Se trata de un parque en el que los niños juegan a ser grandes, pero no de cualquier manera. Está compuesto de treinta y cinco edificios que reproducen a escala infantil, instituciones públicas, fábricas, instalaciones deportivas, comerciales… en definitiva, aquello a lo que achacamos todos los males: nuestra querida sociedad. No pude dejar de pasear entre aquellos edificios de juguete. A un lado el Palacio Ducal de Venecia, a otro una réplica del Taj Mahal, convertido en sede del “Palacio de Cultura”. Una vez al año, los integrantes del Consejo Deliberante se reúnen para tratar las declaraciones del Gobierno Infantil. Y los niños votan, legislan, debaten; todo aquello que nos es, de tan lejano ya hostil, convertido en algo grato, esperanzador, vivo, en las manos de los niños.
Pero si La Plata se mueve y respira, es porque sus casas, aún viniéndose abajo siguen latiendo. Las hacen latir desde adentro, hombres y mujeres, con un mate (bebida-símbolo de las reuniones sociales, a base de yerbas, que se pasa de mano en mano) en una mano y la sátira distante, en la otra. El humor, ese curioso instrumento que más distancia nos permite tomar del presente inexplicable. También pude conocer ese dulce latido de La Plata.
Precisamente, un día antes de mi partida y llegada la noche, me esperaba una cena en la casa de mi tía. Allí se había generado una agitada discusión a raíz de valorar la actuación de la noche anterior en la que intervino mi prima. No quisiera adentrarme en la narración del motivo de la discusión y su posterior desarrollo sin antes retratar el cuadro familiar que me encontré cuando allí llegué.La afluencia de gente que en esa minúscula cocina de la casa de mi tía se concentró, es realmente indescriptible con el recurso del que aquí dispongo. Sin embargo, no sería tal el desconcierto y el cruce de valoraciones, sentencias, reproches, críticas y elogios, ademanes que parecían extraídos de un cuadro de Miguel Ángel, gestos de aprobación, de refutación irrevocable... si no fuera porque se agregaban progresivamente cada vez más participantes a la polémica, incluso personas totalmente ajenas a la familia y al tema que se trataba, que se encontraron en la casa accidentalmente mientras estaban trabajando.
Así es como algunos de los que estábamos presentes (yo ya estaba inevitablemente involucrado) llegamos a mantener tres y hasta cuatro conversaciones al mismo tiempo con personas que a su vez mantenían tres o cuatro conversaciones acaloradas, mientras los gatos hambrientos maullaban y el perro, al que los cubos de agua que le lanzaban parecían no afectarle, se colgaba de los barrotes de la ventana, asomando la cabeza entre llantos y ladridos sin perder detalle del camino que recorrían las empanadas, que se cruzaban entre los brazos de los interlocutores, quienes se agitaban con tanto ímpetu y nerviosismo que ofrecían a aquella cocina una caótica apariencia de panal alborotado.
La penosa tarea de marcharme llegó por la mañana, bien temprano. Sin saber si eran ellos que se alejaban o era yo el que me iba, me senté confuso en un automóvil de aspecto vigoroso, incomprensible, desdeñoso con mis lágrimas, y me di la vuelta para no aprobar su destino con mi forma de sentarme, al menos. Me avergoncé durante horas de tan estúpido final: al fin y al cabo, un gesto cinematográfico ridículo.
Toda esa sucesión de despedidas y jamases, hizo que cuando me sentara en el avión y mirara absurdamente por la ventanilla, a mis ojos le crecieran manos desesperadas, es decir garras, que arañaban este campo, esa vaquita, aquél caballo con un sauce al fondo, cubierto por una inmensa sábana celeste, trotando sobre una tierra fértil y desierta. Aquellas soledades en la villa, esos “guachitos” que descalzos observaban el avión como un caballo de fuego, gigante y alado, que cuando se elevara dejarían de mirar para seguir pateando una pelota de trapo y masticando la miseria... y este cartelito que rezaba: “Argentina”, como queriendo sintetizar todo en una palabra, en una imagen que las garras ya lejanas y agonizantes de mis ojos atraparan y guardaran para siempre.
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