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Mediante el tratamiento de las figuras geométricas, Personnages dans la rue maneja un metalenguaje; la rue no está ahí simplemente. La rue utiliza sus propias formas para hablar de sí misma. Sin embargo, hay algo en esta calle: “personajes”. No obstante, la calle parece estar en los personajes y no al revés.
Entendiendo que Vieira da Silva trabaja con sistemas visuales que escapan de un marco de referencia limitado a la representación del mundo empírico, podríamos comenzar olvidándonos (aunque hemos partido de esto y es algo de lo que de alguna forma no podemos prescindir) de los personnages y de la rue y de nuestro lenguaje circunscrito a estos objetos. Podemos hacerlo, porque lo que aquí tenemos son puras formas que expresan.
Las formas geométricas que componen un mosaico, en el que se inscriben diversos elementos que sugieren un movimiento caótico y alegre, despreocupado y sin embargo en armonía inconsciente con su entorno, sugieren un espacio de infinitas dimensiones. Un espacio que parece matemático-formal más que onírico, debido a su sorprendente equilibrio. No es por lo tanto, un espacio representativo, mas dibuja líneas de perspectiva y profundidad con firmeza.
Formas de colores buscando su espacio aportan un aspecto heterogéneo y “líquido”, inconsistente, al conjunto. Las líneas parecen retorcerse para buscar una nueva forma geométrica o bien escapar generando una dimensión más.
En esta especie de telaraña, podemos adivinar (más allá del título de la obra) un entramado social. Ahora bien, una primera mirada tal vez no descubra la interacción entre los fragmentos, los colores, las formas. Sin duda, todos los elementos parecen estar impregnados de todos y el contacto entre ellos es inevitable. Parecen surgidos de una explosión desde un mundo interior antes contenido. Los fragmentos fustigan el espacio abriendo nuevos espacios y a la vez abortan cualquier posibilidad de concepción de un órgano concebido en el que cada parte trabaja en favor del todo. La tensión entre equilibrio y transgresión, rigor y libertad, parece hacerse presente en todos los rincones del cuadro. Efectivamente, la situación está marcada por la forma de manera determinante. Queremos situarnos en un espacio pero este espacio no se deja asir, nos empuja a seguir buscando incesantemente.
Si es verdad que la tarea del arte de hoy es introducir el caos en el orden, esta obra cumple su cometido de forma excelente. La escena, que podríamos ver en un orden constituido perfectamente, la pintora nos los muestra en profundo desorden. La gran masa uniforme que percibimos de la vida y la sociedad está llena de “agujeros”. El aire entra por todas partes, se puede entrar y salir, de la misma forma que se abren infinitas puertas a una pluralidad de sentidos. Pero ellos no lo saben: son personajes, no personas.
En cierto modo, dialogando con la obra respiramos una expresión de autenticidad que perdemos en cuanto damos media vuelta, abandonando la contemplación de personnages dans la rue y nuestra mirada se dirige al espacio convencional que caminamos, a veces retorciéndonos anhelando una nueva dimensión, a veces procurando huir de nuestros ordenados espacios, de nuestras geométricas calles.
Entendiendo que Vieira da Silva trabaja con sistemas visuales que escapan de un marco de referencia limitado a la representación del mundo empírico, podríamos comenzar olvidándonos (aunque hemos partido de esto y es algo de lo que de alguna forma no podemos prescindir) de los personnages y de la rue y de nuestro lenguaje circunscrito a estos objetos. Podemos hacerlo, porque lo que aquí tenemos son puras formas que expresan.
Las formas geométricas que componen un mosaico, en el que se inscriben diversos elementos que sugieren un movimiento caótico y alegre, despreocupado y sin embargo en armonía inconsciente con su entorno, sugieren un espacio de infinitas dimensiones. Un espacio que parece matemático-formal más que onírico, debido a su sorprendente equilibrio. No es por lo tanto, un espacio representativo, mas dibuja líneas de perspectiva y profundidad con firmeza.
Formas de colores buscando su espacio aportan un aspecto heterogéneo y “líquido”, inconsistente, al conjunto. Las líneas parecen retorcerse para buscar una nueva forma geométrica o bien escapar generando una dimensión más.
En esta especie de telaraña, podemos adivinar (más allá del título de la obra) un entramado social. Ahora bien, una primera mirada tal vez no descubra la interacción entre los fragmentos, los colores, las formas. Sin duda, todos los elementos parecen estar impregnados de todos y el contacto entre ellos es inevitable. Parecen surgidos de una explosión desde un mundo interior antes contenido. Los fragmentos fustigan el espacio abriendo nuevos espacios y a la vez abortan cualquier posibilidad de concepción de un órgano concebido en el que cada parte trabaja en favor del todo. La tensión entre equilibrio y transgresión, rigor y libertad, parece hacerse presente en todos los rincones del cuadro. Efectivamente, la situación está marcada por la forma de manera determinante. Queremos situarnos en un espacio pero este espacio no se deja asir, nos empuja a seguir buscando incesantemente.
Si es verdad que la tarea del arte de hoy es introducir el caos en el orden, esta obra cumple su cometido de forma excelente. La escena, que podríamos ver en un orden constituido perfectamente, la pintora nos los muestra en profundo desorden. La gran masa uniforme que percibimos de la vida y la sociedad está llena de “agujeros”. El aire entra por todas partes, se puede entrar y salir, de la misma forma que se abren infinitas puertas a una pluralidad de sentidos. Pero ellos no lo saben: son personajes, no personas.
En cierto modo, dialogando con la obra respiramos una expresión de autenticidad que perdemos en cuanto damos media vuelta, abandonando la contemplación de personnages dans la rue y nuestra mirada se dirige al espacio convencional que caminamos, a veces retorciéndonos anhelando una nueva dimensión, a veces procurando huir de nuestros ordenados espacios, de nuestras geométricas calles.
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