Eran tiempos

Eran otros tiempos,
decía el ojo de hojas anchas,
del álamo de tu rostro.
Eran otros tiempos;
y bebías sutilmente,
casi de cumplido
de la vida,
así derramada.
Eran tiempos,
otros inviernos,
otras trampas.
Las voces de la luna
acariciaban las ramas
de tus cabellos,
y después...
golpeaban tu cráneo
así justificado por la historia.
Eran otros tiempos,
y las hojas del tímido
álamo desprendido
-de los rígidos años-
eran más anchas,
más aún
que tu pecho inflamado
por las noches del pasado.

Eternidad de Abuela

Anoche será temprano
y mañana fue tarde;
para nuestro amor destronado todo,
es el mismo instante.

Ahora el izquierdismo, los papeles
del registro, la frente mojada,
¡y las manos!
las mismas manos aquí,
allá, en aquella pancarta,
en la estatua de la plaza,
en ellos, y en nosotros,
desplegados, y después,
después: proyectados, ¿qué se yo?
arrojados, despedidos...¿qué son?
¿mis manos? arrojadas, despedidas.

Para qué decir, exponer, afirmar:
diluido muere, diluido.
Todo, es el mismo instante.

Ayer me dirías, que no sabrás,
que la sudestada te escupe
en
la
cara
hoy, como la otra vez
éste o aquél olor de plato
de arroz junto a la ventana
que mañana mordían tus ojos,
que mañana...

Junto al alba de mi memoria,
coloca su mano de carbón
el crepúsculo
y azotando y azotándome
te grito poeta:
intelectualoide prudente,
sensato y sedente,
sin más lucha que la de
tu frágil pluma,
por qué, si ayer me decías
que la eternidad es un
ins-tan-te,
mi rostro endurece,
se contrae,
se ahoga,
se retuerce,
se abren en él canales,
como mueren años,
¿será
que no llega nunca el instante?

¿qué importa poeta?
tu angustia es mi angustia;
tu creación, es hija de la carencia.